HISTÓRICAS MENTIRAS

Roma, año 31 a.C. etc.

 

Que la mentira ha estado presente en la historia de los humanos desde el mismo principio es una obviedad; basta recordar cómo la serpiente del paraíso mintió a Adán y Eva cuando les prometió que serían como dioses si mordían la famosa manzana. Aunque parece que la estemos descubriendo ahora, la historia de la mentira ha ofrecido  desde entonces abundantes y variados ejemplos, algunos cargados de graves consecuencias. También ha habido “redes sociales” para difundirlos, aunque no tan veloces o masivas como las que se usan en nuestros días. La práctica del bulo, lo que ahora se llama fake news, suele tener intenciones malévolas o destructivas, aunque a veces no es fácil comprender su finalidad. Un personaje público al que conocí me contaba entre divertido y asombrado una anécdota de la vida real que él había protagonizado tras celebrar una comida de trabajo con cierto grupo de personas. Al día siguiente la prensa, motivada sin duda por insospechados enemigos de sus contertulios, contaba que en el curso de la conversación él se había quitado un zapato y al sacudirlo habían salido abundantes polvos amarillos (sic). Este es un tipo de bulo que podríamos llamar mentira pura y simple; mi amigo nunca supo cuál fue su finalidad precisa. Pero es posible que quien lo inventó se inspirara en un ejemplo no menos “surrealista” que protagonizó la condesa du Barry, la amante del rey francés Luis XV.  Uno de los libelos que tanto proliferaron en el llamado Siglo de las Luces contaba que la favorita estaba almorzando con el ministro René Nicolás Maupeou cuando, al partir una tarta, salió volando de ella una nube de moscas de mayo que tumbaron la peluca del ministro, para gran regocijo de los presentes. Aquí en cambio el objetivo era claro: ridiculizar al ministro para impedirle seguir adelante con una proyectada reforma fiscal que perjudicaba a los nobles.

Durero: Adán y Eva, 1507

En nuestro pasado reciente pudimos contemplar cómo una cadena de mentiras llevó imparable a la invasión de Irak en 2003. La decisión estuvo tomada pronto y gradualmente se iban inventando los “hechos” para irlos adaptando a la política, como avisó en julio de 2002 un informe del gobierno británico. Se dijo que Irak tenía armas de destrucción masiva, que estaba detrás de Al Qaeda y de los atentados de septiembre del 2001 en Nueva York, que se encontraba a un paso de producir armas nucleares. Las pruebas no aparecían por ninguna parte y sí los desmentidos y las reservas de gobiernos y de organismos internacionales. La mentira se impuso y el ataque se inició el 20 de marzo de 2003, pocos días después de una última advertencia del secretario general de la OIEA, El Baradei.

Roosevelt, Churchill y Stalin en Yalta, 1945

Con frecuencia, las falsas noticias han provocado guerras y revoluciones. Sin embargo, no siempre se ha mentido para justificar una agresión como fue el caso de Irak. En dos ocasiones no muy lejanas encontramos ejemplos de bulos o tergiversaciones que fueron urdidos al servicio de una causa justa. Me refiero a las mentiras a las que tuvieron que recurrir los británicos para convencer al gobierno de los EEUU de participar en la defensa de Europa durante las dos guerras mundiales del siglo XX. En 1917 el presidente Woodrow Wilson, tras prometer a los americanos en su campaña electoral que los mantendría alejados de cualquier enfrentamiento exterior, se resistía a las insistentes peticiones de Gran Bretaña frente a la agresión de las Potencias Centrales. El gobierno británico hizo lo necesario para que llegara a sus manos un telegrama que habían interceptado sus servicios secretos. En él, el ministro de asuntos exteriores alemán, Arthur Zimmermann, instruía a su embajador en Méjico para que hiciera a las autoridades mejicanas una tentadora oferta: en el caso de que los EEUU entraran la guerra, si Méjico se avenía a aliarse con Alemania, esta le ayudaría a recuperar sus antiguos territorios en los estados de Nuevo Méjico, Texas y Arizona. Aquí estamos, curiosamente, ante una mentira falsa, ya que en realidad el telegrama filtrado, que precipitó la entrada de los Estados Unidos en la guerra, era auténtico. 

Lorenzo A. Castro: la batalla de Actium, 1672

Algo parecido ocurrió en 1941, esta vez con una verdadera mentira. La opinión pública norteamericana volvía a oponerse a cualquier aventura exterior (recordemos que el eslogan America First tiene ahí su origen), incluida de nuevo la defensa de Europa frente a la agresión nazi. El presidente F. D. Roosevelt tenía dudas sobre el apoyo de su opinión pública. Estaba convencido de la necesidad de intervenir pero necesitaba razones. En un discurso en la Academia Naval a finales de octubre aludió a un dudoso incidente, el hundimiento del destructor Kearney por un torpedo alemán como “un ataque a toda America”. No fue suficiente, necesitaba más argumentos y se los dieron otra vez los servicios secretos británicos. Inventaron un detallado mapa supuestamente confeccionado por el gobierno alemán, donde aparecía dibujado el continente americano tal como proyectaba dividirlo Hitler en cuanto ganara la guerra, incluido el canal de Panamá, vital para los estadounidenses. Ni siquiera este bulo fue suficiente para inclinar la balanza a favor de la intervención, pero el muy real ataque japonés a Pearl Harbour en diciembre de 1941 acabó con todas las dudas.

 

Auguste de Creuse: la condesa du Barry, ca.1760

La verdad es que el uso de estas mentiras “piadosas” es la excepción. La práctica del bulo se generalizó en el Renacimiento con la invención de la imprenta y floreció en el Siglo XVIII cuando proliferaron los órganos de prensa escrita. Los que se llamaron libelos utilizaban múltiples formatos. Podían ser largos libros, biografías de los personajes públicos compuestas casi exclusivamente a base de anécdotas difamatorias. Podían ser también simples pasquines breves, lo que en Francia llamaban canard (pato), de donde procede el nombre (Le canard enchainé, el pato encadenado), de una conocida revista que pretendía informar con veracidad, sin bulos. Los escritores de libelos proliferaron en París y con frecuencia tenían que huir de la policía y refugiarse en Londres, donde vivían hacinados en la Grube Street, que se convirtió en símbolo de la productiva industria de la mentira. Robert Darnton, en un extenso estudio sobre la maledicencia en el siglo de la Ilustración, nos revela que toda esta literatura se limitaba a relatar hechos escandalosos de la vida pública y privada de los poderosos, sin entrar en el fondo de la crítica política que llevan implícitos. Por este sistema aparentemente frívolo y jocosamente ofensivo, sin embargo, contribuyeron a cambios tan trascendentales como la toma de la Bastilla y la Revolución Francesa.

La Bastilla antes de su destrucción

Naturalmente, fue la reina María Antonieta la que batió todos los records como víctima de bulos y despropósitos. La situación social de Francia se deterioraba y el fermento de las ideas liberales empezaba a dar fruto de la mano de los filósofos Montesquieu. Rousseau, Voltaire, etc. La princesa austríaca era un objetivo perfecto para los creadores de libelos. En 1770 había llegado con sólo quince años, enviada por su madre la emperatriz María Teresa para tratar de enderezar las relaciones entre Francia y el Imperio de los Habsburgo, históricamente enfrentados desde tres guerras recientes: la Guerra de los Treinta Años (1608-1648), la Guerra de Sucesión de España  (1701-1713) y la de Sucesión de Austria (1740-1748). Se desplazaron a Estrasburgo para recibirla el futuro luis XVI y toda la corte, escéptica sobre la discutible decisión de unir al delfín de Francia con “la austríaca”, una enemiga. La bella María Antonieta, que era algo frívola, rechazó de entrada las rigideces del protocolo de Versalles que separaba aburridamente a hombres y mujeres. Trabó íntima amistad con el conde de Artois, hermano del rey y sospechoso pretendiente a sucederlo, y se divertía interviniendo en política para favorecer a sus íntimos con toda clase de prebendas oficiales. La procedencia de la reina y su conducta ofreció todos los ingredientes para hilvanar una frenética campaña de infamias que llegó a niveles de auténtico virtuosismo. Aparte de adjudicar a la reina innumerables aventuras amorosas de variadas orientaciones y de acusarla de sustraer caudales públicos para enviarlos a su hermano Fernando, emperador de Austria, la ofensiva llegó al paroxismo durante el año de la revolución en 1789 y los cuatro siguientes, hasta que la reina fue juzgada y condenada a la guillotina. Se publicó entonces un libelo titulado Essai sur la vie privée de Marie Antoinette d’Autriche que era continuación de un panfleto anterior y no se limitaba ya a las críticas habituales por la supuesta avidez sexual y los excesos de despilfarro de la reina. Ahora, enfrentada ya ella frontalmente con la Revolución, las acusaciones subieron de tono y entraban más explícitamente en la crítica política del sistema. La reina preparaba en su gabinete particular la entrega de Francia a Austria, conspiraba con Artois para desplazar a su marido en el trono, planeaba hacer explotar una bomba en la Asamblea Nacional… En fin, como supuesta adicta a ritos satánicos fue comparada con algunas de las más notorias intrigantes del pasado, Mesalina, Fredegunda y, naturalmente, Cleopatra.

Louise le Brun: María Antonieta, 1783

Emmanuel Berl colocó a Cleopatra a la cabeza de Las imposturas de la historia. La suya es la que más nos sigue impactando porque, según él demuestra, fue decisiva en la gestación del nacionalismo romano. La mentira, en efecto, ha servido con frecuencia de arma a los nacionalismos, usualmente de la mano de historiadores oficiales, pues según este autor, “nada impide al historiador mentir. Es más, todo le empuja a ello, pues en el dominio encantado en que trabaja, las mismas causas que excitan su interés desarrollan la impostura”. La magnitud de la apuesta del Imperio romano exigía una leyenda fundacional a su altura y el caso de Cleopatra ofreció todos los alicientes necesarios a los contemporáneos y a curiosos de los siglos posteriores. A Shakespeare debemos una obra maestra de madurez, Antonio y Cleopatra, en la que desde la primera escena aparece la reina de Egipto calificada como vulgar prostituta. De una belleza supuestamente irresistible, era seductora también por su alta cultura y sospechosa de utilizar filtros y venenos de una magia ancestral para lograr sus fines. Egipto conservaba entonces sus instituciones pero estaba sometido a vasallaje de Roma. Julio César se desplazó a Alejandría, resolvió a favor de Cleopatra un pleito entre la reina y su hermano y co-regente Ptolomeo XIII y de paso tuvo un hijo de ella. Ambos lo acompañaron a Roma e hicieron una entrada triunfal en el 44 a.C. pocos días antes de que el Imperator fuera asesinado en los idus de marzo. Cleopatra tuvo que volver a Egipto, mientras que Octavio, el hijo adoptivo de César más tarde llamado Augusto, entraba en escena en pugna con Marco Antonio por el control del Imperio.

Lawrence Alma-Tadema: Marco Antonio y cleopatra, 1884

Antonio era un jefe militar no menos prestigioso que Octavio. A él le correspondió administrar la parte oriental del Imperio en el reparto del triunvirato que ambos formaron con Lépido. Se desplazó al reino de Cleopatra con el fin de obtener el respaldo económico para sus guerras en Asia que solamente podía garantizar Egipto, y se casó con ella, a pesar de que Octavio había arreglado su matrimonio con su propia hermana como parte de su reparto de poder. Obtuvo el apoyo y el amor de la egipcia, que tal vez no fue tan sincero como lo retrató la leyenda. Ella era una mujer atractiva pero no especialmente agraciada, según según vemos su efigie en monedas y estatuas. Tenía muy claros sobre todo sus intereses como reina de Egipto y quiso utilizar a Roma para engrandecer su reino. En la pugna entre Antonio y Octavio, Cleopatra suponía para éste el arma propagandística ideal. No era fácil atacar directamente a Antonio, pues aunque de familia plebeya había salido victorioso en muchas guerras para Roma. Pero ella era presa fácil. Las consabidas acusaciones de excesos sexuales palidecieron ante otras armas de mayor calibre político. Para magnificar la pugna eterna entre Oriente y Occidente, fue presentada como una autócrata misteriosa y exótica, a pesar de que pertenecía a la dinastía griega de los Ptolomeos, descendientes de Alejandro Magno. Con el designio de convertir a Egipto en un gran imperio oriental libre del sometimiento a Roma, habría seducido a Marco Antonio y conseguido de él la donación de amplios territorios romanos. Encima, lo había retenido a su lado haciéndole olvidar sus obligaciones en las guerras del Este.

Liz Taylor como Cleopatra, (Mankiewicz, 1963)

Octavio no ahorraba bulos y mentiras para poner al pueblo romano en contra del traidor, que en su testamento había dispuesto que se le enterrara en Egipto junto a Cleopatra. El pueblo le apoyó en su furia guerrera contra Antonio, quien, junto con Cleopatra, huyó ignominiosamente a Egipto desde la batalla naval de Actium, una escaramuza menor que los partidarios de Octavio magnificaron como una gran victoria. En el siguiente episodio, ambos amantes perecieron, no se sabe bien cómo, cuando fueron derrotados en Alejandría por las legiones de Augusto. Como no podía permitirse que la verdad estropeara el impacto propagandístico, la muerte de Cleopatra tenía que ser heroica para realzar la magnitud de la victoria del futuro emperador de toda Roma. Y así se creó el bulo del suicídio por la mordedura de un áspid, con el que Cleopatra quiso evitar que su nuevo amo la arrastrara a Roma vencida y prisionera. Todavía hoy seguimos  bajo el hechizo de esta historia mágica, fascinados con eterna admiración por la gran gesta romana.

Cleopatra en una moneda encontrada en Siria

 


(STEIN, Jonathan y DICKINSON, Tim: Lie by Lie: A timeline of How we got into Iraq; en Mother Jones, sep 2006.–BERL, Emmanuel: Les impostures de l’histoire; Grasset, Pariís 2014.–ZWEIG, Stefan: Marie Antoinette; Fisher 2003.–DARNTON, Robert: El diablo en el agua bendita, o el arte de la calumnia de Luis XIV a Napoleón; Fondo de Cultura Económica, ed Kindle, 2014.–SYME, Ronald: The Roman Revolution, Oxford Univ. Press, 2014.–SOLL, Jacob: The Old and Brutal History of Fake News; en POLITICO, dic. 2016.–GIOE, David: The History of Fake News; en The National Interest, jul. 2017)